Hay historias que parecen comenzar por decisión propia y otras que nacen del azar. La de Philip Crosthwaite pertenece a las segundas.
El 27 de diciembre de 1825 nació en Athy, condado de Kildare, Irlanda, un niño llamado Philip, hijo de Edward y Rachel Crosthwaite. Sus padres, que habían emigrado a Estados Unidos, se encontraban temporalmente en su tierra natal. Al regresar a América dejaron al pequeño al cuidado de sus abuelos en Irlanda.
Philip creció entre dos mundos. A los 17 años ingresó al Trinity College de Dublín, donde estudiaba cuando la muerte de su abuela lo llevó nuevamente a Estados Unidos para visitar a su madre. Tenía la intención de regresar a Irlanda y terminar sus estudios. Pero la vida tenía otros planes.
En 1845, mientras se encontraba en Rhode Island, Philip y un joven amigo decidieron embarcarse en una aventura que suponían breve: un viaje de pesca. Subieron a la goleta Hopewell, pensando que se dirigían hacia los bancos pesqueros de Terranova. Pronto descubrieron que el destino real era San Francisco, en la Alta California.
Intentaron desembarcar y regresar al este, pero el barco continuó su viaje. Finalmente, el 16 de octubre de 1845, la Hopewell entró en la bahía de San Diego.
Allí ocurrió uno de esos pequeños acontecimientos que, vistos desde el futuro, parecen capaces de cambiar la historia.
Los dos jóvenes quisieron regresar a Estados Unidos. Poco después llegó a San Diego un barco que se dirigía hacia el este, pero solamente había lugar para uno. Echaron suertes. Philip perdió.
Y aquel volado, casi una anécdota, decidió el destino de un hombre y dejó una huella duradera en la historia de las Californias.
Philip Crosthwaite se quedó en San Diego.
De cazador de nutrias a hombre de frontera
La California que encontró Crosthwaite era muy distinta de la que conocemos hoy. San Diego era todavía una pequeña población de frontera y la región de Baja California estaba marcada por enormes extensiones abiertas, ranchos, antiguas tierras misionales y comunidades indígenas que mantenían formas de vida adaptadas al territorio.
Crosthwaite se incorporó rápidamente a aquella vida de frontera. Se dedicó a la cacería de nutrias marinas, actividad que entonces podía resultar muy lucrativa. Las pieles de nutria eran altamente cotizadas y las costas de Baja California ofrecían abundantes ejemplares.
Su conocimiento de la costa lo llevó a recorrer también el territorio peninsular.
En 1846, mientras participaba en una expedición de caza junto con otros estadounidenses, recibió la noticia de que había comenzado la guerra entre México y Estados Unidos. El grupo regresó a San Diego y Crosthwaite se incorporó a las fuerzas estadounidenses.

Participó en la batalla de San Pasqual, el 6 de diciembre de 1846, uno de los episodios más sangrientos de la guerra en California. Fue herido ligeramente y, de acuerdo con sus propios relatos posteriores, incluso intervino para salvar la vida de un prisionero mexicano que estaba a punto de ser asesinado.
Aquellos acontecimientos marcarían para siempre sus recuerdos.
Un hombre entre dos Californias
Terminada la guerra, Crosthwaite no abandonó San Diego. Al contrario: comenzó a convertirse en uno de los personajes públicos de la nueva sociedad estadounidense.
En 1847 ocupó el cargo de alcalde suplente o juez de la comunidad. Al año siguiente contrajo matrimonio con María Josefa López, integrante de una antigua familia californiana. El matrimonio sería fundamental para entender la historia posterior de Crosthwaite, porque a través de los López quedó vinculado a las familias de origen mexicano que habían formado parte de la sociedad de San Diego desde mucho antes del cambio de soberanía.
Philip y María Josefa formarían una familia numerosa.

Mientras tanto, el antiguo territorio mexicano estaba entrando en una nueva época. La frontera había cambiado de país, pero las familias, los caminos, los ranchos y las relaciones humanas continuaban atravesándola.
Crosthwaite pertenecía ya a ambos mundos.
En 1848 arrendó tierras de la antigua Misión de San Diego de Alcalá. Poco después, como muchos otros hombres de su tiempo, se sintió atraído por la fiebre del oro. Viajó hacia el norte y regresó con aproximadamente 47 onzas de oro. No se hizo rico, pero aquella experiencia incrementó todavía más su conocimiento de la vasta California.
A su regreso continuó participando activamente en la vida de San Diego.
Fue el primer tesorero del nuevo condado de San Diego y posteriormente ocupó distintos cargos: alguacil adjunto, sheriff, comisionado escolar, secretario y registrador del condado y juez de paz. También tuvo negocios particulares y llegó a establecer una tienda junto con Thomas Whaley.
Crosthwaite no era solamente un hombre de rancho. Era, en muchos sentidos, un hombre público.
El regreso hacia el sur
Pero mientras construía su vida en San Diego, algo más profundo parecía atraerlo hacia el sur.
En 1861 adquirió el Rancho San Miguel, en Baja California. Las fuentes históricas estadounidenses lo sitúan en la región cercana a Ensenada; fuentes bajacalifornianas relacionan a Crosthwaite con las antiguas tierras de la Misión de San Miguel Arcángel de la Frontera y con el espacio que posteriormente sería conocido como La Misión Vieja de San Miguel.
Aquellas tierras tenían una historia mucho más antigua que la llegada del irlandés.
Antes de las misiones y los ranchos habían sido territorio de los pueblos indígenas, particularmente los Kumiai. Después llegó la misión de San Miguel Arcángel de la Frontera, establecida en el siglo XVIII. Cuando el sistema misional desapareció, sus tierras comenzaron a fragmentarse y transformarse en ranchos.
En ese proceso de transición apareció Crosthwaite.
Su llegada representa una de las etapas de transformación de la antigua frontera misional: de los espacios indígenas y misionales hacia los grandes ranchos agrícolas y ganaderos que caracterizarían buena parte del paisaje de Baja California durante el siglo XIX.
El hombre del rancho
Crosthwaite no se limitó a poseer tierras. Las convirtió en una forma de vida.
Después de varios años alternando su residencia entre Baja California y San Diego, finalmente trasladó a su familia al rancho. Allí comenzó una nueva etapa de su existencia, mucho más ligada al ganado, los caballos, los caminos y la vida rural.
El hombre que había sido funcionario, comerciante, policía y aventurero en San Diego se convirtió en ranchero.
Y el rancho creció.
En 1878, el San Diego Union reportaba que Crosthwaite poseía alrededor de 700 cabezas de ganado. Más de una década después, en 1891, el mismo periódico señalaba que Crosthwaite y tres de sus hijos controlaban alrededor de 45 mil acres —más de 18 mil hectáreas—, con aproximadamente 5 mil cabezas de ganado y 400 caballos.
Las cifras hablan de una propiedad considerable, pero también cuentan otra historia: la consolidación de una cultura ganadera que terminaría siendo fundamental para la identidad rural de la región.
El rancho no era únicamente tierra.
Era familia.
Eran corrales, caballos, ganado, caminos, trabajadores, vecinos y descendientes. Era también una forma de habitar el territorio.
Los Crosthwaite y la región de Rosarito
Aquí es donde la historia de Philip Crosthwaite adquiere una dimensión particularmente importante para Rosarito.
La región donde hoy se encuentran La Misión, Primo Tapia y distintas comunidades rurales de Playas de Rosarito y Ensenada formaba parte de un paisaje mucho más amplio de ranchos y antiguas tierras misionales.
La presencia de los Crosthwaite se entrelazó con otras familias de rancheros y con las tierras que habían pertenecido a las antiguas misiones. Con el paso de las generaciones, el apellido quedó arraigado en la región.
La Sociedad de Historia de Playas de Rosarito identifica precisamente una etapa agrícola-ganadera como uno de los grandes momentos en la formación histórica de la región, posterior a la época indígena y misional.
Por eso, hablar de Crosthwaite no significa afirmar que él fundó Rosarito. El antiguo Rancho El Rosario, asociado a la familia Machado, tiene su propia historia y constituye otro de los grandes troncos de la formación territorial de Rosarito.
Pero Crosthwaite sí pertenece a la historia de los ranchos que, al fragmentarse y transformarse con el paso del tiempo, dieron forma a las comunidades rurales del norte de Baja California.
Su historia es una pieza del rompecabezas.
Una familia que parecía ocupar el territorio
Al final de su vida, el apellido Crosthwaite se había multiplicado por los caminos de Baja California.
Cuando Philip visitó Del Mar en mayo de 1900 acompañado por uno de sus hijos, el San Diego Union destacó el tamaño de su familia: siete hijos y tres hijas, además de nueras, yernos y 47 nietos. La crónica periodística describió, con evidente asombro, que desde su casa en Baja California, durante muchas millas del camino, las viviendas que se encontraban pertenecían a miembros de la familia Crosthwaite.
La frase tiene algo de exageración periodística, pero también revela una realidad: para entonces, el apellido ya era parte del paisaje humano de la frontera.
Los hijos y descendientes continuarían viviendo en Baja California y San Diego. Algunos permanecerían vinculados a la ganadería y a la vida rural; otros participarían en la vida social y política de la región.
Así, la historia de un joven irlandés que llegó accidentalmente a San Diego se convirtió en una historia familiar que atravesó generaciones.

El último viaje
Philip Crosthwaite nunca dejó completamente San Diego.
Aunque su hogar estaba en Baja California, viajaba constantemente al norte. Allí conservaba amistades, negocios, recuerdos y una parte de su propia historia.
En sus últimos años se convirtió también en una especie de memoria viviente de la antigua San Diego.
Le gustaba contar historias.
Hablaba de los primeros días de la población, de la guerra, de los ranchos, de los personajes que había conocido y de una California que prácticamente había desaparecido. Su voz profunda y su enorme barba eran características conocidas por quienes lo escuchaban.
Pero sus relatos también tenían las imperfecciones propias de la memoria. Él mismo había vivido demasiadas cosas y durante demasiado tiempo. Algunos de sus recuerdos podían ser exagerados o contener prejuicios, pero su testimonio resultaba invaluable porque había estado allí.
Había llegado cuando San Diego todavía era una pequeña población de frontera.
Había conocido la California mexicana.
Había vivido la guerra.
Había visto cambiar la bandera y las instituciones.
Había sido cazador de nutrias, minero, soldado, comerciante, funcionario, policía y ranchero.
Había cruzado una y otra vez la frontera que separaba —y al mismo tiempo unía— San Diego y Baja California.
Y había construido una familia en ambos lados.
El 19 de febrero de 1903, Philip Crosthwaite murió en San Diego a los 77 años.
Fue sepultado en el cementerio Mount Hope, en la sección masónica. Durante décadas su tumba permaneció sin una lápida que identificara al hombre que había participado activamente en la historia temprana de San Diego y Baja California. En 1968, miembros de la Logia Masónica No. 35 localizaron finalmente el sitio y colocaron una lápida conmemorativa.
Un apellido que quedó en el paisaje
La historia de Philip Crosthwaite podría terminar con su muerte.
Pero en Baja California las historias de los rancheros rara vez terminan con ellos.
Quedan los caminos.
Quedan los nombres.
Quedan las familias.
Quedan las tierras transformadas por generaciones de trabajo.
Y queda, sobre todo, una manera de vivir.
En la región de La Misión, donde alguna vez estuvo la antigua Misión de San Miguel Arcángel de la Frontera, la tradición ganadera sobrevivió a la desaparición de la misión y a la transformación de los grandes ranchos. Décadas después, esa cultura vaquera continuaría expresándose en cabalgatas, fiestas, corridas, rodeos y en el propio calabaceado, una manifestación estrechamente vinculada con la vida de los vaqueros de la región. Un estudio publicado por el Gobierno de Baja California señala precisamente la continuidad de esa tradición y menciona a los Crosthwaite entre las familias asociadas a la cultura vaquera de La Misión.
Por eso, quizá la mejor manera de recordar a Philip Crosthwaite no sea como el “fundador” de Rosarito —porque la historia de este territorio es mucho más antigua y compleja—, sino como uno de los hombres que ayudaron a transformar el paisaje rural de la frontera y cuyo apellido quedó ligado para siempre a la historia ganadera de Baja California.
Llegó a San Diego por accidente.
Se quedó porque perdió un volado.
Y terminó haciendo del sur de la frontera su hogar.
Desde aquel joven irlandés que desembarcó en 1845 hasta el viejo ranchero que murió en 1903 transcurrieron casi seis décadas de cambios extraordinarios.
En ese tiempo desapareció una frontera y nació otra.
Las misiones se convirtieron en ranchos.
Los ranchos se dividieron.
Las familias crecieron.
Los caminos cambiaron.
Y sobre aquellas antiguas tierras, entre el mar, los valles y las montañas, comenzó a formarse el Rosarito que conocemos hoy.
Entre los nombres que permanecieron en esa historia está uno de origen irlandés:
Crosthwaite.

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